sábado, 3 de marzo de 2018

Real Oviedo-FC Barcelona B. Crónica.

El viernes no es buen día para programar partidos de fútbol. Se juega, pero siempre resulta todo descafeinado, como desvaído. Como si no fuera cierto y faltase algún aliciente, más allá del numeroso público ausente por tan desaprensivos día y horario. Eso fue lo que ocurrió: se jugó, pero faltó calor, mordiente, verdadera presión. El partido fue ramplón, igualado, con cierto dominio azul, pero sin buen juego y con un rival que se limitaba a tratar bien el balón, aunque sin profundidad, y poco más. El césped, sonrojante, no ayudaba a los locales. obligados a tratar de llevar la iniciativa en un terreno de juego poco propicio para la precisión y la combinación. El árbitraje, más allá de errores de apreciación, mostró en todo momento un talante prepotente y poco cordial. Por el lado positivo queda para los de Anquela el haber mantenido la puerta a cero sin excesivos apuros, el empuje del equipo, especialmente en la segunda mitad y, sobre todo, el juego del italiano Fabrinni, quien dejó más que buenas sensaciones: se vio a un jugador diferente, con visión de juego y atrevimiento que puede ser muy importante -ya al 100 por 100- en el tramo decisivo de la liga. De todos modos, la baja de Berjón se dejó sentir y mucho en el desempeño de los azules, más atascados de lo habitual.

Herrero. Consolidado. Seguro y certero las veces que fue exigido. El juego de pies debe mejorarlo.

Johannesson. Voluntarioso. Puso todo lo que tiene, que en este momento de la temporada no llega para ser el jugador desequilibrante de jornadas atrás.

Carlos Hernández. Sobrio. Certero y contundente en el corte. Con el balón no se complicó y llegó a tener algún remate a balón parado. Un rendimiento regular y notable siempre.

Forlín. Desequilibrado. Con sapiencia y categoría suple un cierto bajón en su forma. Cuando retome su nivel el equipo será otro.

Christian. Centrado. Más pausado y controlado que otras veces, leyó bien cada momento de juego. 

Mossa. Incasable. Su derroche de energía siempre suma. Cerró bien su banda y se sumó sin suerte ni descanso al ataque.

Folch. Incombustible. Cortó, jugó y organizó. Además se asomó varias veces al área rival. La tarjeta le concede un merecido descanso.

Rocha. Todo terreno. Taponó bien a los rivales y corrió en la presión sin desmayo. Con balón no estuvo tan atinado como otras veces.

Fabrinni. Esperanzador. Su primera titularidad dejó datos para el optimismo. Es un jugador diferente en recursos y visión. Fresco y en forma puede ser decisivo en el final de temporada.

Aarón. Intermitente. Se mostró y asumió responsabilidades, pero no siempre tuvo clarividencia en sus acciones.

Toché. Goleador. Se le vio falto de ritmo y de velocidad, pero siempre está presente con peligro.

Linares, Yeboah y Viti. Intrascendentes.

No se puede acabar esta crónica sin hacer mención al magnifico comportamiento de la afición azul al inicio del partido con el respetuosísimo minuto de silencio vivido en el Carlos Tartiere. La ocasión lo merecía: Quini fue un ejemplo tanto en su faceta futbolística como en su faceta personal donde fue siempre un referente inmaculado de bonhomía durante toda su vida, fuesen cuales fuesen las circunstancias en las que se encontrase. Su deportividad exquisita, trato afable, su cercanía y respeto con todos los que le rodeaban fueran rivales, aficionados, niños, mayores... le convirtieron en una figura que trascendió al club de sus amores y le granjeó simpatías por todas partes, incluido el eterno rival. Quini fue todo un paisano y estará siempre en nuestro recuerdo.