lunes, 5 de febrero de 2018

REAL OVIEDO-SPORTING DE GIJÓN. Crónica.

El Oviedo de Anquela sigue su racha de partidos sin perder y de victorias en casa. La de hoy, tan especial por tantas cosas, se ajustó al guión habitual de los azules en las últimas jornadas: buena salida del equipo dominando el juego y el tempo del encuentro y con aproximaciones con cierto peligro a la meta rival. Sin embargo, como tantas veces en los últimos tiempos, es el contrario el que termina encontrando premio en el marcador a las primeras de cambio y sin haber hecho nada especial para merecerlo. Fue Jony, quien, tras una serie de rebotes en el área de Herrero, acertaba a batir la puerta azul. No se vino abajo el Real Oviedo y la grada siguió empujando a los suyos con fe fruto de las numerosas remontadas de los últimos tiempos. A partir de ese momento, efectivamente, los locales volvieron a retomar la manija del encuentro y siguieron teniendo acercamientos peligrosos a la meta de Mariño ante un Sporting que parecía desdibujado y sin muchos recursos. Diez minutos después del gol gijonés, llegaba el empate por medio de Mossa, tras combinar con Berjón, con un tiro cruzado de diestra que se coló junto al palo haciendo inútil la estirada de Mariño. Se llegaba al descanso con las espadas en todo lo alto, pero con la sensación de que el Oviedo había sido más en el primer acto del encuentro.

En la segunda parte, sin tiempo apenas para nada, Mossa, omnipresente hoy, cogió un balón en la derecha (!), se perfiló hacia el centro y conectó un disparo potente y con rosca que fue buscando con furia la escuadra de la meta sportinguista. Golazo sin paliativos. El delirio llegaba a las gradas del Tartiere con este tanto que significaba la remontada de los azules. A partir de ese instante, el Oviedo se resguardo unos metros más atrás y esperó las acometidas de los gijoneses, quienes no llegaron nunca a poner a prueba a Herrero. El partido se trabó y los de Anquela, con mucho oficio, supieron conducir el encuentro hasta su final sin apenas poner a prueba los corazones de sus aficionados.

Herrero. Espectador. Salvo en la jugada del gol, el Sporting no puso a prueba al guardameta azul que vivió una tarde tranquila.

Johannesson. Concienciado. Le tocó bailar con el mejor de los rivales y cumplió no sin alguna dificultad. Sus subidas al ataque fueron menos numerosas y decisivas que otras veces.

Carlos Hernández. Sólido. Sin complicarse y resolviendo todo lo que pasó por su zona con contundencia.

Forlín. Imperial. En el imaginario azul quedará ese corte expeditivo en la primera parte con el que el argentino marcaba territorio claramente.

Christian. Rocoso. No se proyectó apenas en ataque, solvente en el corte y atento a cubrir las subidas de Mossa.

Mossa. MVP. Sería el mejor del partido solamente con sus dos goles, pero fue mucho más. Fue el dueño y señor de su banda tanto arriba como abajo. Se asoció con Berjón y creó mucho peligro por su banda. Va a mejor.

Folch. Dominante. El medio del campo fue suyo. Recuperó infinidad de balones y los jugó con sentido. Tras unas semanas más gris ha vuelto al nivel exhibido en las primeras jornadas.

Rocha. Incansable. Junto con Folch, dominó el centro del campo, robando, corriendo y jugando con criterio. Se está convirtiendo en un imprescindible.

Aarón. Bullidor. El terreno de juego no favorecía sus condiciones. Lo intentó varias veces, pero hoy no era su día.

Berjón. Estilo. Dio varias muestras de su categoría. Junto con Mossa trenzó varias jugadas de tiralíneas. En el tramo final volvió a dar una lección de cómo controlar el ritmo de un partido.

Linares. Entrega. Se vacío. Marcó un gol en fuera de juego por un brazo y peleó como siempre para beneficio del equipo.

Yeboah. Trabajó y rondó el gol. Sin embargo, todavía no parece el mismo que deslumbró antes de Navidad. 

Toché. Inédito. Presionó y luchó arriba en soledad cuando el equipo buscaba ya el fin del partido.

Fabrinni. Esperanzador. Tras su lesión, debutó el italiano y pudo haber marcado. La mejor noticia su vuelta a los campos de juego.

La escuadra de Anquela sigue rindiendo a un nivel muy alto. Es un conjunto solidario, fuerte y con argumentos de calidad más que suficientes. El entrenador ha insuflado a los suyos su forma de entender el fútbol: el Oviedo compite cada partido sin desmayo, sin rendirse nunca y sea cual sea el rival que tiene delante. Ha costado muchas semanas y algunos sinsabores, pero el conjunto azul ya está en la lucha plena por un puesto de ascenso directo. Queda mucho sí. Y vendrán jornadas aciagas. Seguramente. Pero está claro que este equipo representa con claridad los valores del oviedistmo: orgullo, valor y garra.