domingo, 11 de febrero de 2018

Cádiz CF-Real Oviedo. Crónica.

Algún día tenía que concluir la racha de los de Anquela y fue en Cádiz, con sus resonancias alegres para los oviedistas. Y fue a ser en Carnavales -fechas gafe para los locales-, que seguimos siendo el Oviedo. La primera derrota tras mucho tiempo tuvo además su cuota balsámica para los azules. "Lo mismo da triunfar que hacer gloriosa la derrota", dejó dicho Valle Inclán. Y así fue este sábado: de los muchos caminos que existen para llegar a doblar la rodilla los carbayones sufrieron la variedad más benigna: fueron derrotados por los elementos. Lucharon, dieron la cara, se esforzaron al límite e incluso se asomaron a la gloria impensable, pero hoy el argumento estaba marcado; volverían de la Tacita de Plata sin botín en la clasificación, pero con el orgullo y la conciencia intacta.

El partido de inicio fue igualado, como no podía ser menos. Los dos equipos tenían sus precauciones, pero eran los de Anquela los que dominaban algo más el juego y dificultaban las maniobras amarillas con su presión alta. El juego era insulso por momentos y el balón buscaba las áreas casi siempre de forma aérea. Hasta el llego el minuto 34 y el colegiado vio como punible una acción entre Rocha y Carpio que, a la luz de las imágenes, parece simplemente amarilla. Ahí el partido empezó a terminarse. Forlín se incorporó al medio campo y la diferencia entre ambas escuadras parecía no existir. El Oviedo seguía bien plantado en el Carranza y enviaba señales de que aún podía lastimar a los locales. Con ese equilibrio engañoso se llegó al descanso.

Tras el descanso, el guión siguió siendo el mismo con un partido equilibrado en el que la diferencia numérica no parecía tener mayor rrascendencia. Y para que la ficción de igualdad fuera total el Oviedo se adelantó en una jugada a balón parado -una más esta temporada- entre Berjón y Linares. El gol hizo creer a los azules, pero obligó también a los cadistas a acudir a la vía desesperada a partir de ese momento. Era el minuto 54 y quedaba mucho partido, demasiado. El Cádiz dio un paso al frente tanto en el terreno de juego como en el banquillo y aunque los de Anquela no llegaron a descomponerse nunca y siguieron generando peligro por momentos la presión fue mucha y los andaluces lograron en 7 minutos (72 y 79) darle la vuelta al marcador. El míster azul había introducido a Cotugno y Verdés para intentar sostener el esperanzador marcador, pero la empresa se reveló imposible ante uno de los mejores conjuntos de la categoría, espoleado además por el marcador, el público y su superioridad numérica.

En esta ocasión, fue el árbitro, uno de los imponderables del fútbol, el que contribuyó a mermar las posibilidades azules en Cádiz. No conviene perder la perspectiva: el arbitraje es una labor ingrata y complicadísima y constituye uno de los elementos que dan a este deporte su dosis de pasión y espectacularidad. Hay que tratar de luchar contra sus errores como se lucha ante un terreno de juego impracticable, el viento, la lluvia o fallos incompresibles de jugadores y técnicos: amoldándose a ellos y sin escudarse tras ellos. Los errores arbitrales son parte del juego, al igual que los remates al aire de Cristiano. Exactamente lo mismo. Convendría no olvidarlo y respetar más a los colegiados, recurso siempre facilón y cobarde en las derrotas.