jueves, 15 de octubre de 2015

REAL OVIEDO-MIRANDÉS, 2-3. CRÓNICA.



Dicen que en el fútbol mandan los resultados, que lo único importante es que entre la pelota y eso es cierto casi siempre excepto en días, en partidos como el de hoy. Dicen otros muchos que no les importa ganar de penalti injusto en el último minuto, pero eso para muchos, algunos o unos pocos -no lo sé- tampoco es cierto: preferimos mil veces honra a barcos. Vencer sí, pero con estilo, sin triquiñuelas de tahúr barato. Hoy el Real Oviedo ha sido eliminado de la Copa del Rey por el Mirandés en un encuentro que será inolvidable para los que lo hemos vivido. Hemos visto a partir del descanso fútbol del de siempre, del de la emoción, del de la bravura, del de la entrega. Hemos visto a un equipo en clara inferioridad numérica luchar, no bajar los brazos nunca, seguir creyendo aun cuando todo estaba perdido para finalmente caer derrotado por el rival y por los elementos -dos expulsiones y un linier más topo que lince-. Todo ello tras una heroica remontada que nos hizo pensar que un gran milagro podía finalmente suceder. No sucedió y fuimos derribados mediando tosca injusticia. Hemos besado el polvo y sin embargo ha sido uno de esos días en que uno sabe con total certeza que ha estado en el bando correcto: el de los esforzados, el de los zarandeados, el de los que resisten hasta el final y no gozan de la ayuda de nadie más que sus propias fuerzas. El fútbol es básicamente emoción y hoy la emoción está con nosotros. Hemos sido apeados de la competición, pero ellos saben –todos los que lo han visto saben- que no ha habido grandeza en nuestro oponente, ni en su victoria; la grandeza, toda ella, acabó hoy teñida por completo de azul. No sé qué pasará el resto del año, pero hemos visto de qué pasta están hechos nuestros jugadores. Y con eso, para muchos, para algunos o unos pocos –no lo sé- es más que suficiente.



Twitter: @ricardo9467